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El chicle que rescató una selva

Escrito por: Conecto julio 30, 2015

destacada-810x537Cerca de 46 cooperativas de Quintana Roo y Campeche unen sus esfuerzos, a través del Consorcio Chiclero, para explotar de forma sustentable el árbol de chicozapote, a fin de producir el único chicle 100% biodegradable y orgánico en el mundo; por si fuera poco, han diseñado un exitoso plan de conservación forestal que aplican en la zona mexicana del Gran Petén (segunda selva tropical más grande del continente después del Amazonas).

1-TDHace décadas, al inicio de la época de lluvias, los chicleros se abrían camino en la selva con un machete, seguían el croar de las ranas para encontrar aguadas (zonas de agua potable) y acampaban para explotar el árbol de chicozapote (Manilkara zapota), y así obtener un látex natural que después se transformaría en chicle. Ahora, aunque es más sencillo acceder a la zona, la extracción continúa siendo la misma, pero en jornadas diarias de seis horas durante casi cinco meses seguidos (así mantienen viva una tradición maya que además es sustentable). El hombre afila el machete con el que empieza a hacer los primeros cortes en zigzag sobre la parte baja del árbol; luego se ata por la espalda con una cuerda al tronco, y con la ayuda de espolones comienza ascender al menos 20 metros. La savia escurre por los zurcos hasta un depósito previamente colocado en la base del árbol. “Un palo de estos puede dar cinco kilos si es de buena clase”, explica el chiclero Francisco Tadeo, quien lleva trabajando en la región 45 años.

Luego, la chiclerada (grupo de chicleros) junta la resina en un gran cazo para su cocimiento (el chicle
se obtiene de la deshidratación de esta sustancia), por lo que se mantendrá a fuego lento hasta que cuaje; es decir, cuando la espuma se vuelva amarillenta, para después estirarla y moldearla en marquetas (bloques que pesan 10 kilos). Por cada kilo, un chiclero recibe hasta seis dólares.

De vuelta a la tradición

La popularización internacional del chicle durante la Segunda Guerra Mundial provocó la máxima explotación de este látex natural y, en consecuencia, la creación de un sustituto; es decir, un polímero derivado del petróleo que satisficiera la alta demanda. Fue entonces cuando, a partir de 1970, estas áreas selváticas fueron abandonadas y el cambio de uso de suelo se volvió inminente. Tras la sustitución sintética de la goma natural, muchos chicleros dejaron esta actividad para centrarse en otras opciones de ingreso, como la explotación de madera y la agricultura, lo que desencadenó altos niveles de deforestación en el Gran Petén (distribuido entre México, Guatemala y Belice).

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Precupados por esta situación, en 2009 se reunieron 2,000 chicleros de Quintana Roo y Campeche para, por un lado, producir Chicza, único chicle orgánico certificado y biodegradable del mundo que se comercializa en 25 países de la Unión Europea, Medio Oriente, Estados Unidos y, por supuesto, México. Por el otro, emprender un satisfactorio plan de rescate de la selva aledaña a los territorios donde se extrae el látex natural.

Así, este grupo recuperó la antigua tradición maya de extracción del chicle, al regresar a la selva para la explotación sustentable del chicozapote. “El árbol no se muere, lo dejamos para poder trabajarlo en ocho o 10 años”, cuenta Crisanto Mesx Che (esta especie vive hasta 300 años, de los que 120 son productivos). Actualmente, extraen resina de 30% del total de árboles en una zona de 1.3 millones de hectáreas.

“La producción está sujeta, por un lado, a la demanda del mercado y, por el otro, al clima; el monte puede darnos 1000 toneladas anuales de látex sin dañar el árbol”, explica Manuel Aldrete, director ejecutivo de Consorcio Chiclero. Los integrantes de la empresa social transforman estas toneladas de goma en pequeños paquetes de 15 y 30 gramos de chicle endulzado con miel de agave y saborizado con menta, canela y frutas tropicales. El Consorcio Chiclero es propietario de la marca, la planta procesadora, la comercializadora y exportadora.

Amigable con el entorno

chicleChicza se caracteriza por ser una alternativa para contrarrestar la contaminación ambiental originada por las gomas tiradas al aire libre, ya que por ser hidrosoluble es un producto que puede desintegrarse en tan sólo unas semanas y no se adhiere a ninguna superficie. “La composición química de los chicles sintéticos y de los naturales es muy similar, la única diferencia es que los segundos pueden degradarse ya sea con luz solar o con bacterias del entorno”, asegura Víctor Calderón, bioquímico del IPN. Incluso este chicle orgánico puede funcionar como abono si es depositado en macetas o áreas verdes.

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Mercado verde

De forma paralela, los habitantes de 10 municipios de Quintana Roo y Campeche tienen un programa en conjunto con la Comisión Nacional Forestal para desarrollar plántulas (plantas en primeros estadíos de crecimiento) de especies nativas como el ramón, la pimienta gorda y el chicozapote para reforestar.

Gracias a la actividad de esta empresa social se han recuperado 4 000 hectáreas de suelos degradados que están cercanos al área de explotación sustentable del chicozapote, y que ahora son recursos forestales renovables; además, se logra la conservación de la selva donde se realiza la actividad chiclera. “Haberse organizado también permite a los chicleros contar con seguridad laboral, fondos sociales y becas de licenciatura para sus hijos”, agrega Aldrete.

En 2009 Chicza, que se comercializa en 25 países, quedó dentro de los 20 productos más novedosos de la Feria de Productos Orgánicos y Naturales de Londres.

Nota de Crónica ambiental

Fotos ©Fulvio Eccardi

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