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El pequeño productor vs. el gigante agroalimentario

Escrito por: Emily Corona noviembre 4, 2016

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En un mundo en el que los grandes consorcios agroalimentarios impulsan prácticas de concentración y exclusión, desde hace 26 años una federación de caficultores de Oaxaca ha retado este modelo imperante poniendo en el centro de todas sus decisiones al pequeño productor de café.

Mientras que el precio de producción de un quintal de café está por encima de su precio en la bolsa de valores –valuado en 120 dólares– una organización conformada por 42 cooperativas ha buscado generar condiciones para que la actividad cafetalera en las comunidades indígenas campesinas sea rentable; se trata de la Coordinadora Estatal de Productores de Café de Oaxaca (CEPCO) que agrupa a unas 4 mil familias caficultoras de todas las regiones productoras del estado.

Suena bonito, pero en la práctica, ¿cuál ha sido su apuesta?

Lograr la integración vertical del proceso productivo del café.

“Nosotros desde hace muchos años lo que estamos haciendo es apropiarnos de todo el proceso. En una primera instancia apropiarnos de la producción primaria –el producir el café– pero también agarrar en nuestras manos todo el proceso agroindustrial, comercial y de valor agregado. Creemos que solamente de esa forma podemos garantizar un ingreso a los productores que sea remunerativo”, explica en entrevista Miguel Tejero Villacañas, asesor de CEPCO y uno de los ideólogos detrás del proyecto.

Dicha estrategia significa que la organización controla todos –o casi todos– los eslabones de una cadena que empieza con la cereza pizcada en la parcela de un socio de CEPCO para terminar en un costal de café verde con destino a Estados Unidos o bien en una taza de café preparada por un barista en alguna de las cafeterías que son propiedad de la misma organización. La CEPCO se apropió de las fases productivas, pero siempre conservando los principios de autonomía, democracia, transparencia y pluralidad en sus cooperativas.

CEPCO representa la unión de dos realidades: de un lado está el caficultor indígena transcurriendo en un mundo marcado por los usos y costumbres, y en el otro extremo está el mundo globalizado lleno de productos con valor agregado.

“Es importantísimo meter valor agregado a la producción”, explica Tejero, un español que desde hace años echó raíces en México. “La diferencia que puede dejar un café vendido como café convencional a un café que vendes certificado como orgánico, de comercio justo y con un sello que avala que ha sido producido conservando la biodiversidad es muy grande. Además, sí tú lo vendes ya tostado la utilidad que te deja es mucho mayor; y si encima le metes un valor más –como la presentación en cápsulas de café– o lo vendes ya en taza en cafetería es muchísimo más”.

Además, a diferencia de los esquemas imperantes del comercio, aquí la derrama de utilidades regresa a las manos del productor o se reinvierte para mejorar su producto. Este 2016 por ejemplo, un kilo de café convencional vale de 28 a 35 pesos, pero debido a todo lo anterior un productor de CEPCO recibirá de 56 a 65 pesos por un kilo de su cosecha.

“Eso no supone que salgan de la pobreza, pero desde luego el nivel de ingreso es mucho mayor por todo el esfuerzo que se ha hecho de manera conjunta entre todos los productores y todas las cooperativas”, justifica Tejero, un personaje alérgico a los protagonismos y que en las reuniones mensuales de la organización la hace ora de dirigente, ora de mesero, repartiendo vasos con agua de limón y galletas entre los compas.

Hace más de dos décadas, la CEPCO empezó organizando a los caficultores después de que en 1989 el gobierno disolviera al Instituto Mexicano del Café (Inmecafé). Desde entonces el camino recorrido ha sido largo: se certificaron como productores orgánicos y de sombra, idearon proyectos productivos y de salud orientados a la mujer campesina, impulsaron el mejoramiento de vivienda de los socios, conformaron aparatos financieros para que incluso las comunidades más alejadas tuvieran acceso a dicho servicio y buscaron recibir un pago indirecto por los servicios ambientales proporcionados por los cafetales. Invirtieron en dos beneficios secos –donde llega el café del campo y se alista para su exportación o tostado–, abrieron cuatro cafeterías con el nombre “La Organización” y acondicionaron sus oficinas en Oaxaca con dormitorios para cuando los productores visitan la ciudad. Buscaron posicionar su café en mercados diferenciados y por fuera del mercado de commodities e inclusive se volvieron accionistas de su socio comercial en Estados Unidos, Equal Exchange, una decisión inusual viniendo de una organización productora.

El siguiente paso supone vender un porcentaje de su café en cápsulas al puro estilo Nespresso pero hecho a su manera, es decir, visibilizando la “denominación de origen” del café, que no será sólo de ellos sino que incluirá el grano de cooperativas hermanadas a la CEPCO mediante la Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras (CNOC), como explica Edgar Cruz Hernández, encargado del área de producción y venta de café tostado de la CEPCO:

“Vamos a tener 10 orígenes del café y por cada origen la cápsula tendrá un color: el dorado va a ser para la mezcla de Oaxaca, el verde para Yucuhiti, el plata para costas de Oaxaca y el envase final se va a identificar por color… pero la mezcla de Oaxaca va a ser el dorado… ese siempre va a ser dorado”.

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1 comentario

Raul Lopez noviembre 5, 2016 en 11:45 am

Grande y admirable experiencia de unidad

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