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Café, mota y tejido social

Escrito por: Emily Corona diciembre 2, 2016

Cuando se aborda el impacto de la roya en los cafetales de Latinoamérica, se suele hablar de la tragedia agrícola: la producción mermada, la pérdida de dinero, los ciclos de cosecha afectados por el estiaje y las lluvias fuera de temporada. Pero con la llegada de la roya aparece otro visitante insidioso, el del deterioro del tejido social.

“Las zonas cafetaleras son zonas más o menos seguras hablando de zonas rurales y zonas de cultivo”, explicó Susana Chía, bióloga y pareja del productor de café de Oaxaca Diego Woolrich, “seguras en cuanto a que no se siembra mota, no se siembra droga, no hay grupos delincuenciales metidos porque hay mujeres, hay niños, hay familias, toda la familia va jalando para ayudar a cosechar café. Son zonas con una cierta seguridad que no tienen otros cultivos exclusivos de los hombres”.

Sin embargo, el impacto indirecto del hongo que seca las hojas y ennegrece el fruto se refleja en los cambios de uso del suelo, con actores nuevos que llegan a poblar las parcelas abandonadas, explicó Susana.

“Eso es lo que ocasiona que el cultivo ya no deje, que vendan el terreno y que llegue gente extraña; que los caminos que antes eran utilizables a cualquier hora y seguros, hoy ya no”. Y cuando esto ocurre, la primera en padecer los cambios en los espacios es muchas veces la mujer, al ser quien circula desprotegida por los caminos. “Los espacios se vuelven vulnerables para que la mujer pueda ser violada, maltratada, agredida”, dijo la psicoanalista Susana, quien también realiza trabajo con mujeres.

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Cuando el cultivo del café deja de ser rentable, las familias cafetaleras abandonan sus parcelas. La primera en padecer los cambios en los espacios es la mujer, al ser quien circula desprotegida por los caminos.

Un estudio de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) analiza las causas y efectos socioeconómicos de la migración debido a la crisis cafetalera en el estado vecino de Veracruz. Aunque el estudio data de 2003, ayuda a arrojar luz al fenómeno siempre presente de la migración del campo en México. “La crisis del café y la migración, en una causalidad acumulativa, están originando el abandono paulatino de las huertas, y las remesas se gastan en asegurar la subsistencia antes que en mantener la producción”, dice el sociólogo Francis Mestries Benquet. La migración impacta fuertemente los roles familiares y tiende a desintegrar a las familias y a incrementar las responsabilidades y el trabajo de las mujeres quienes se convierten en jefas de familia, pese a que mantienen su inferioridad jurídica y social, pues las parcelas no están a su nombre ni pueden recibir apoyos oficiales.

Ante la caída de los ingresos por su principal producto para la venta, los pequeños productores se ven orillados a reducir sus gastos, en particular los de inversión agrícola, educación y salud, a intensificar el empleo de mano de obra familiar, endeudarse con agiotistas y en casos extremos, a rentar o vender su parcela. Sin embargo, pese al abandono de las parcelas y las consecuencias que esto tiene en las familias que quedan detrás, el artículo abre un espacio de esperanza pues los migrantes rurales mantienen fuertes amarres e incentivos para el regreso: el apego al terruño, el mantenimiento de los lazos familiares debido a la permanencia de las mujeres en las comunidades y sus vínculos con la tierra, por lo que emigrar significa una solución temporal emergente a la crisis, no un proyecto de vida.

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“A pesar de que en esto del cultivo del café no se nombra más que a hombres, hombres, hombres, hombres, quienes están detrás son las mujeres”- Susana Chía.

“A pesar de que en esto del cultivo del café no se nombra más que a hombres, hombres, hombres, hombres, quienes están detrás son las mujeres”, remató Susana, “son las que a las 10 de la mañana ya tienen la tortilla echada y los frijoles, las que tienen que ir al nixtamal, las que bajan caminando a hacer las compras al mercado, incluso las que en la cama cuidan que en la mañana el marido vaya contento”.

Un sismo pausado y silencioso está ocurriendo en las regiones cafetaleras de México y Oaxaca, donde el café –cash cropde la gente en el campo se marchita con cada parcela alcanzada por la roya. Los fenómenos de la migración y los cambios en el uso del suelo ya han sido advertidos, pero valdría la pena voltear a mirar el impacto que esto está teniendo en las mujeres, uno de los grupos más vulnerables en esta problemática.

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